COLUMNISTAS
BIENVENIDOS A LA ESTACIÓN
POR PALOMA ARMIJO B.
09 de enero de 2025
Hay regalos que no vienen envueltos. No hacen ruido, no esperan una fecha especial. Son esos regalos que muchas veces ni siquiera se planean, solo suceden y se viven.
Hace unos días cumplí años, y no pocos. Una suerte de entrada a lo que muchos llaman “el segundo tiempo”. Y es hoy, más que nunca, que pongo especial atención y atesoro esos momentos que se presentan como obsequios silenciosos, gestos simples pero llenos de una profundidad que logra cambiarte el día y, a veces incluso, la vida.
Cuántas veces has estado estresada frente al computador y te llama un ser querido, un amigo o alguien especial para invitarte a tomarte un café. Un secuestro express que te saca de la rutina y te regala un rato feliz, un espacio de conversación, de escucha, de compañía. Y resulta tan gratificante que agradeces haberte dado el tiempo. Algo tan simple, tan cotidiano, es capaz de abrigarte el alma en pocos minutos.
Con los años he descubierto que no hay que esperar grandes hitos para reconocer esos regalos. Empezar a mirar el mundo de una forma distinta, más agradecida, es una acción que podemos elegir cada día hasta volverla costumbre. Porque vivir más conscientes nos lleva, inevitablemente, a disfrutar más. Y permitirnos el goce, ese verbo tan subestimado y criticado a veces, nos hace más felices. Gozar cuando paramos, cuando respiramos, cuando realmente saboreamos lo que tenemos enfrente: las personas, el entorno, los instantes, los afectos, lo que somos y también lo que dejamos atrás.
El goce es un regalo discreto. No grita, no exige, no compite. Se instala suavemente en lo cotidiano cuando estamos presentes. Aparece en una comida sencilla que nos reconecta, en un encuentro inesperado, en el pan que compartimos con quien queremos. Es un regalo que nos sostiene cuando la vida se pone difícil y que nos expande el corazón en los días buenos. Y, como todo regalo, merece ser agradecido.
Hoy agradezco lo que antes daba por sentado: el estar conmigo misma, la risa fácil de mis hijos, la complicidad de una mirada, la intimidad de un abrazo luego de un mal día (o un abrazo porque sí), esa conversación que ordena la cabeza, esa caminata al cerro que limpia el alma. Pequeñas cosas que, a la vez, son extraordinarias. Porque lo simple tiene la fuerza de recordarnos que seguimos vivos, sensibles y conectados.
Por eso, en esta edición, quiero invitarte a mirar el regalo donde quizá no habías mirado: en lo que ya tienes, en lo que la vida te ofrece sin pedir nada a cambio. Cada gesto, cada momento, cada acción puede transformarse en goce. Y ese goce, a su vez, es un refugio, un puente, un escenario íntimo donde nuestros afectos, fragilidades, fortalezas y certezas se muestran sin filtros.
El mayor regalo no es lo que damos ni lo que recibimos, sino lo que somos capaces de compartir. Y cuando aprendemos a compartirnos con generosidad, a celebrar lo simple, a honrar el disfrute, descubrimos que la vida, así tal cual es, siempre nos estuvo regalando más de lo que imaginábamos.
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