COLUMNISTAS
EL REGALO DE ESTAR VIVAS
POR VALENTINA CARVAJAL
09 de enero de 2026
De vez en cuando, mi marido me dice: “Qué rico sería que nos regalaran un viaje al Caribe, los dos solos”.
Y yo —en un acto de total falta de romanticismo— le respondo: “Yo estoy justo donde quiero estar”.
Aquí, entre el caos de la rutina, las demandas de los niños y del trabajo. Aquí, con lo que hay… y con lo que no hay.
“Qué latera”, me dice él. Y bueno, puede que tenga razón. Pero hoy, para mí, los verdaderos regalos no siempre vienen envueltos en papel brillante.
Estamos tan acostumbradas a asociar los regalos con lo material, con fechas especiales como la Navidad, los cumpleaños o los aniversarios, que olvidamos que la vida —silenciosa y paciente— nos ofrece obsequios todos los días.
Solo que muchas veces no los vemos.
Vamos rápido, muy en automático, corriendo detrás de lo que falta.
Y en esa carrera —entre pendientes, exigencias y comparaciones— nos perdemos de lo más simple y concreto: lo que ya está.
Vivimos en una sociedad exigente, que empuja a la ambición infinita: de logros, de dinero, de belleza. Y lo infinito no se alcanza jamás. La plenitud parece siempre allá, en lo que todavía no tenemos.
Pero cuando logramos detenernos —aunque sea por un instante— y respirar con atención, aparece algo distinto: la sensación de estar vivas.
Ese es, quizás, el mayor regalo. No porque todo esté perfecto, sino porque aún tenemos la posibilidad de amar, de aprender, de cambiar.
Ahí entra en juego mi palabra guía: gratitud. La gratitud no es un mandato ni una frase motivacional. Es una práctica que nos devuelve al presente. No se trata de negar el cansancio o la frustración, sino de mirar también lo que sí está bien, lo que nos sostiene en medio del caos.
Reconocer esos regalos invisibles es un acto de equilibrio emocional. Nos ayuda a aceptar que la vida es cambiante, a confiar otra vez en ella —y en nosotras mismas—, y a ampliar la mirada para descubrir todo lo que sigue en pie.
Quizás el verdadero desafío sea volver a recibir la vida con asombro. No como quien la da por hecho, sino como quien la descubre.
Agradecer el cuerpo que nos acompaña, la risa que se escapa sin planearla, la conversación que nos alivia, la lágrima que nos recuerda que seguimos sintiendo.
Cuando te detengas a pensarlo, vas a descubrir que hay una lista infinita de cosas por las que agradecer. Empezando, simplemente, por estar viva.
Y ese, quizás, sea el regalo más grande de todos.
3 maneras de practicar la gratitud y sentir la vida como un regalo:
Detente unos segundos cada día para volver al presente.
Respira, observa lo que te rodea y nómbralo mentalmente.
Agradece lo pequeño.
No solo los logros: también el café caliente, el mensaje de una amiga, la ducha tibia, las sábanas limpias, el abrazo al final del día.
Escribe.
Antes de dormir, anota tres cosas por las que agradeces.
No importa si se repiten.
Recuerda: la gratitud no es innata, se entrena con constancia y con el corazón.
No se trata de decir “gracias” todo el tiempo, sino de aprender a mirar distinto.
Atrévete a practicarla y verás que, en esa mirada cotidiana, la vida vuelve a brillar como lo que siempre fue… un regalo.
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