COLUMNISTAS

EL REGALO DE LA INTUICIÓN

POR MARJORIE ULLOA

09 de enero de 2025

Hay regalos que no se envuelven, simplemente habitan dentro de cada ser humano, viviendo día a día sin darnos cuenta de lo afortunadas que hemos sido.

Y uno de los regalos más sagrados que una mujer puede recordar es su intuición.

Esa voz que no grita, pero siempre sabe. Esa sensación que llega antes que la razón, como un susurro del alma que dice “por aquí sí” o “por aquí no”.

La intuición es el idioma del espíritu. Es esa voz que no se explica, se siente. Nos conecta con algo más grande que nosotras: con el pulso de la vida, con el misterio que sostiene todo.

Pero, para escucharla, hay que silenciar el ruido del mundo y atreverse a volver al propio centro.

Ahí… ahí donde no hay máscaras ni dudas, solo verdad; muchas veces, la cruda pero sagrada verdad.

Desde siempre, las mujeres hemos tenido este don: el de sentir, de percibir lo invisible, de saber la energía que se siente en el aire cuando llegamos a un lugar; percibir lo no dicho, leer la energía detrás de las palabras, las miradas, las acciones. Somos antenas finas del universo.

Cuando una mujer está despierta espiritualmente, su intuición se convierte en guía, en la brújula que nos orienta donde está el camino y también en un refugio. Y no necesita que nada ni nadie la valide, porque su certeza nace desde adentro.

Ser espiritual no es alejarse del mundo, es un regalo, es vivir con conciencia. Es ver lo divino en lo cotidiano: en un café compartido, en una lágrima que libera, en una risa que sana. Es honrar el cuerpo, cuidar la palabra y elegir la paz por encima del ego.

Cuando una mujer se atreve a confiar en su intuición, recupera su poder. Empieza a crear su destino desde la coherencia y no desde el miedo. Sabe cuándo quedarse y cuándo irse, cuándo hablar y cuándo guardar silencio. Y ese equilibrio entre sentir y actuar es pura sabiduría.

La intuición no se enseña, se recuerda. Y cada vez que una mujer vuelve a ella, también despierta a las que la rodean.

Porque una mujer conectada con su espíritu ilumina —no solo su camino—, sino el de todos los que la miran.

El verdadero regalo no está afuera. Está en ese instante donde respiras hondo y dices: “Yo confío en mí”.

Ese momento en que eliges creerle a tu alma más que a tus miedos.

Ahí empieza la magia.

Ahí florece la mujer consciente, libre y divina que siempre estuvo en ti.

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