COLUMNISTAS
EL REGALO
POR MACARENA VENEGAS TASSARA
09 de enero de 2026
Este año viví una experiencia que, sin buscarla, se convirtió en uno de los mayores regalos de mi vida. Ser candidata a diputada me permitió volver a encontrarme con algo que había olvidado en el vértigo del día a día: el cariño profundo de la gente y el impacto real que ha tenido mi trabajo como abogada en los medios de comunicación durante tantos años.
En cada puerta que toqué, en cada feria, en cada esquina, alguien se acercaba a decirme: “Yo la veía en Veredicto”, “Gracias a sus consejos recuperé mi casa”, “Por usted pude sacar adelante la pensión de alimentos de mis hijos”, “Usted me ayudó a entender mis derechos”. Y entonces comprendí que, durante años, sin proponérmelo del todo, fui sembrando algo que volvió a mí con una fuerza y un cariño inesperados. Ese fue mi regalo: cada testimonio era un recordatorio de que, durante años, había sembrado confianza, información, compañía y dignidad.
Volviendo a las calles, entendí que el cariño verdadero no se finge, la gratitud no se fabrica, la memoria afectiva no se compra. Lo que más me emocionó no fue que me reconocieran, sino que me recordaran con amor, porque uno no siempre sabe qué deja en el otro.
Fui la primera jueza televisiva en Chile y, desde programas como Veredicto, En su propia trampa, Nadie está libre y tantos matinales, siempre expliqué la ley en simple, con humanidad, intentando que nadie se sintiera pequeño frente al sistema, acompañando a quienes necesitaban orientación. Creí que había terminado mi labor al cerrar cada capítulo, pero este año descubrí que el impacto de lo que hacemos no termina cuando apagamos la cámara, sino que continúa en la vida de quienes nos escuchan. No sabía que todo eso quedaba guardado en el corazón de tantas personas y que, años después, sería devuelto con tanta generosidad.
A veces pensamos en un regalo como algo material, con un envoltorio perfecto, pero sin duda los regalos más valiosos son los intangibles: la memoria afectiva de quienes te han visto crecer; la confianza de quien comparte su historia; la gratitud simple y cálida. El regalo puede ser una palabra, un reconocimiento, un abrazo en la calle. Puede ser el eco de un trabajo hecho con amor y propósito.
Ese es el regalo que quiero celebrar hoy: la posibilidad de mirarnos en el otro y reconocer que lo que hacemos importa; que nuestra historia —con sus luces, desafíos, tropiezos y aprendizajes— es un puente. Que el servicio social, estar disponible para el otro, la empatía y la autenticidad no pasan de moda.
Es por ello que quiero invitarte a reflexionar sobre tus propios regalos, esos que la vida deposita silenciosamente en tus manos: la familia que te contiene, los amigos que te sostienen, las oportunidades que te motivan, los recuerdos que conforman tu historia, la salud que te permite seguir, el amor que te encuentra incluso cuando estabas incrédula. Y también pensar en los desafíos, porque, aunque duelan, son regalos disfrazados que nos obligan a detenernos, a mirar hacia adentro, a volver a nuestra esencia.
Hoy agradezco haber vivido un año intenso, lleno de emociones y caminos inesperados. Agradezco cada conversación, cada historia, cada abrazo. Agradezco haber sentido, con total claridad, que no he caminado sola. Ese es mi regalo, y deseo de corazón que cada mujer que lea estas líneas pueda reconocer los suyos.
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