COLUMNISTAS
CONMIGO
POR PALOMA ARMIJO B.
16 de marzo de 2026
Hay un momento, pequeño y casi invisible, en que algo cambia. No es una gran decisión ni una conversación definitiva. Es más bien una pausa. Un gesto mínimo. El instante en que eliges quedarte en casa en vez de salir, decir que no sin dar demasiadas explicaciones o regalarte tiempo sin sentir que se lo estás quitando a alguien más.
Ese momento no siempre se celebra. Es más, la mayoría de las veces viene acompañado de culpa, dudas y la sensación de estar “fallando” a una expectativa ajena. Pero también trae alivio. Una calma suave, una paz que rara vez nos damos permiso de sentir. Como si el cuerpo, por fin, pudiera asentarse cómodamente en sí mismo.
Vivimos mucho tiempo desde la urgencia, desde la necesidad de estar en todo, responder a todo y a todos, sostenerlo todo. La famosa lógica del FOMO, ese miedo constante a quedar fuera, a no ser parte, a perdernos algo si bajamos el ritmo. Decimos que sí cuando el cuerpo pide no, y seguimos a pesar del cansancio o, simplemente, de no tener ganas.
Hasta que el cuerpo habla más fuerte.
Y empieza a pedir otras cosas. Más simples. Más honestas. Hambre real en lugar de ansiedad, silencio en vez de ruido, ritmo y no carrera. Aparece el deseo de sentarse, de masticar lento, de saborear sin distracciones. De elegir lo que nutre, pero también lo que da placer. El goce deja de ser un exceso y se vuelve una forma de presencia.
Ahí aparece otra manera de habitar la vida, conocida hoy como JOMO, que, ojo, no es tanto la alegría de “perderse” algo, sino la de elegir. Elegir menos, pero mejor. Elegir cuidarse sin castigarse, disfrutar sin culpa y escuchar al cuerpo desde su profundidad, no desde la carencia. Ese giro no es casual. Es práctica.
El amor propio no vive en frases bonitas ni en grandes declaraciones. Se construye en lo cotidiano, en lo íntimo, en lo que nadie ve. Es un acto de conciencia profunda que define cómo nos tratamos cuando estamos solos, cómo habitamos nuestro cuerpo día a día, cómo nos alimentamos. A veces viene desde el cuidado y otras desde el placer, pero siempre desde el respeto hacia nosotras mismas.
Elegirse es entender que no todo es restricción ni desmesura. Que el cuerpo no necesita castigos, sino atención. Que darse permiso para disfrutar un momento propio, una instancia de calma o incluso un placer desbordado, no como premio sino como derecho, es también una forma profunda de amor. Porque el goce real no es exceso, es conexión, y puede manifestarse de infinitas maneras.
Elegirse no siempre es cómodo. A veces implica poner límites, cambiar de entorno, soltar vínculos o elegir estar sola por decisión y no por miedo. Implica aceptar que no todo lo valioso ocurre afuera y que decir no también puede ser un acto de amor hacia una misma. Y es recién ahí cuando aparece la pregunta de fondo: ¿qué entendemos hoy por amor?
Durante años nos enseñaron que el amor era algo que venía de afuera, una promesa, una validación, alguien que nos eligiera. Hoy ese paradigma se transforma. El amor deja de ser ideal. Ya no es promesa. Es coherencia entre lo que sentimos, lo que pensamos y lo que hacemos.
Porque cuando te eliges, amas mejor. No desde la carencia ni el miedo a perder, sino desde la abundancia. Las relaciones se vuelven más sanas, menos dependientes, más honestas. Se ama sin desaparecer. Se comparte sin traicionarse.
El amor consciente no promete para siempre ni necesita grandes gestos. Se practica hoy. En un límite bien puesto. En una decisión honesta. En un acto de autocuidado real. En volver a ti, una y otra vez. Y quizás sea ese el tipo de amor que sostiene a todos los demás.
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