COLUMNISTAS

EL AMOR COMO ELECCIÓN DIARIA Y CONSCIENTE

POR VALENTINA CARVAJAL

16 de marzo de 2026

Durante años, el amor de pareja estuvo atravesado por mandatos más que por elecciones. En la historia de muchas mujeres, especialmente en generaciones anteriores, casarse era el paso que seguía: una forma de salir de la casa familiar, de cumplir con lo esperado, de “armar la vida”. El amor no siempre era el eje; muchas veces lo eran la necesidad, la conveniencia o el deber.

Ese modelo dejó una huella profunda: la idea de que, cuando aparecen los problemas, hay que aguantar. Sostener. Callar. Esperar a que pase. Como terapeuta de parejas, veo a diario cómo ese aguante prolongado no fortalece los vínculos, sino que los desgasta lentamente hasta vaciarlos por dentro.

Hoy, en reacción a ese pasado, pareciera que nos movemos hacia el extremo opuesto. Frente a la incomodidad, se corta. Frente al conflicto, se abandona. Hay poca disposición a detenerse, a pensarse en equipo, a preguntarse qué está pasando entre nosotros y qué parte le corresponde a cada uno en esa dinámica. Como si el amor solo fuera posible cuando no duele, no incomoda y no desafía.

Amar en conciencia no es aguantarlo todo, pero tampoco huir ante la primera dificultad. No se trata de elegir entre quedarse a cualquier costo o irse ante la primera señal de conflicto, sino de desarrollar la capacidad de habitar la tensión sin destruir el vínculo ni perderse a uno mismo.

En la experiencia terapéutica, las parejas que logran transformarse no son las que no tienen conflictos, sino aquellas que consiguen cambiar el enfoque. Cuando ambos pueden reconocerse como parte del problema —y, por lo tanto, también como parte de la solución— algo empieza a moverse. Dejan de defenderse, de contraatacar y de trasladar la responsabilidad al otro, y comienzan a escuchar, a recibir y a hacerse cargo de su propia participación en la relación y en los conflictos que se repiten.

El amor se construye cuando ambos pueden mirarse sin buscar culpables. En cambio, cuando el vínculo queda atrapado en la lógica de “el problema eres tú”, el trabajo se estanca. La energía se va en justificar, señalar y proteger la propia herida, en lugar de abrir espacio para la conciencia y el cambio. Sin responsabilidad compartida, no hay reparación posible.

Por otra parte, el amor consciente comienza cuando dejamos de amar desde la necesidad y empezamos a amar desde el deseo. Y el deseo no nace de la carencia, sino del autoconocimiento: saber qué me hace sentido, qué valores son irrenunciables para mí y qué tipo de vínculo quiero construir. Desde ahí, entonces, poder elegir con quién y cómo caminar.

Una pareja consciente no se sostiene por miedo a la soledad ni por la promesa abstracta de un “para siempre”, sino por la decisión cotidiana de hacerse cargo. De conversar los conflictos antes de que se vuelvan abismos, de revisar acuerdos, de tolerar la diferencia y de cuidar el vínculo como un espacio vivo, donde dos personas distintas eligen encontrarse una y otra vez.

Amar mejor no es huir, ni aguantar, ni resignarse a que “así somos”.

Es atreverse a mirar cómo nos hemos construido en el vínculo y asumir que el amor no es algo que simplemente nos ocurre. El amor se crea, se cuida y se transforma. Y elegirlo —y volver a elegirlo— es un acto consciente que siempre se construye entre dos.

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