COLUMNISTAS
LA MENTE AMABLE
POR FERNANDA HANSEN
16 de marzo de 2026
Siempre me ha cautivado la metáfora de que el amor mueve montañas.
No tanto por la promesa de lo extraordinario, sino por la intuición profunda de su fuerza transformadora. Me conmueve la idea del amor como una energía capaz de volver posible lo imposible. Pero, por sobre todo, confío en su fuerza como medicina en la vida y como antídoto frente a aquello que nos contrae, nos rigidiza y nos aísla.
Y es que el amor tiene mucho espacio. Es amplio y profundo como el mar. Se hace carne en la libertad que no posee, y también en la caricia, en la mirada sin juicio, en un café caliente en medio del cansancio o en un límite puesto a tiempo, en nombre del autocuidado.
Vista desde ahí, la idea del amor deja atrás su reduccionismo como emoción privada o experiencia íntima. Deja de tener apellidos y deja de ser algo que simplemente nos pasa y se va. Desde este lugar puede revelarse como algo más profundo: una forma de conciencia, un modo de estar en el mundo que transforma la manera en que vemos, pensamos y nos relacionamos.
Quizás la palabra que más se acerca a este estado del amor sea la amabilidad. En la tradición budista se le llama amor bondadoso —mettā— y no se entiende como una emoción pasajera, sino como una práctica consciente: una intención activa de desear bienestar y de no dañar, que también nos incluye a nosotros mismos. Un entrenamiento del corazón y de la mente cuya premisa es sencilla y, al mismo tiempo, profundamente revolucionaria: el amor no es algo que debamos inventar ni buscar afuera. Es parte de nuestra naturaleza humana, puede cultivarse y es infinito.
El amor, entendido así, no es ingenuo ni blando. Se expresa en la pausa antes de reaccionar, en la palabra justa, en la acción correcta y en la capacidad de inclinarnos con ternura frente al sufrimiento propio y ajeno. Lo vemos en el respeto que no invade, en el reconocimiento de la dignidad presente en todos los seres, en la alegría compartida y en la ecuanimidad.
A veces esta cualidad del amor aparece en escenas simples. En una mañana cualquiera, cuando el cuerpo está cansado y la mente apurada. En ese instante preciso en el que podríamos hablarnos con dureza, exigirnos un poco más, empujarnos a seguir. Y, sin embargo, algo se detiene. Hay una pausa. Y en esa pausa elegimos la amabilidad. No porque todo esté bien, sino porque estamos presentes.
Cuando traemos esta dimensión del amor al presente, algo se ordena. El cuerpo lo reconoce antes que la mente: hay expansión, relajo, calidez y apertura. El presente se vuelve más simple, más habitable. No porque la vida deje de doler, sino porque hay más espacio para sostenerla.
Y aun cuando esa experiencia falte, la amabilidad no desaparece: espera. Espera ser recordada, practicada y ofrecida —muy importante, por primera vez— hacia nosotros mismos.
La amabilidad no es solo un gesto moral; es una forma inteligente de vivir. La neurociencia ha mostrado que entrenar la amabilidad y la compasión fortalece circuitos cerebrales asociados al bienestar y a la regulación emocional. Dicho de forma simple: al cuidar, nos cuidamos. Al dar, nos damos.
Tal vez el amor no vino a salvarnos ni a prometer cielos futuros.
Tal vez vino a enseñarnos cómo habitar este presente.
Y si el amor es una práctica, entonces la pregunta no es si lo sentimos, sino desde qué lugar de la conciencia estamos viviendo.
El budismo habla de este amor como uno inconmensurable: no porque sea abstracto, sino porque no tiene límite cuando se practica.
LO MÁS
ATRÉVETE
POR MARÍA BELÉN CERDA