COLUMNISTAS
MESAS DE FIN DE AÑO
POR FLORENCIA DE LA CARRERA
09 de enero de 2026
Cada fin de año, las mesas se transforman en el centro emocional de nuestras celebraciones. Son el escenario donde todo ocurre: donde se comparte, se brinda y se disfruta. Pero también son una oportunidad para crear algo verdaderamente memorable. Una mesa bien pensada —con dedicación, intención y un toque de creatividad— tiene el poder de convertir una reunión cotidiana en una experiencia que atesoramos año tras año.
Para mí, las mesas de fin de año son una forma de expresión. A través de ellas puedo crear mundos: combinar materiales, explorar colores, jugar con texturas y reinterpretar lo tradicional. Cada temporada me propongo cambiar algo, probar una estética distinta o incorporar una tendencia nueva. Y eso es justamente lo que más disfruto de estas fechas: saber que cada año puede ser diferente, y que esa transformación también refleja el momento que estamos viviendo.
Las mesas de Navidad tienen una energía única. Reúnen familia, celebración y ese aire de abundancia que marca el cierre del año. Son el escenario perfecto para dejar volar la imaginación y atreverse a hacer algo distinto. En mi caso, siempre parto por las flores: me gusta que sean ellas las que definan la paleta de color y el carácter de la mesa. Y cuando se trata de un montaje donde se come, cuido mucho la altura de los arreglos, para que acompañen sin interrumpir la conversación.
Aunque el rojo y el verde sean los clásicos navideños, vale la pena explorar combinaciones menos obvias: azul con dorado, plateado con verde, tonos neutros con acentos metálicos o incluso mezclas más atrevidas. En los textiles también se puede jugar, mezclando patrones —rayas, cuadrillé, flores— siempre dentro de una paleta coherente. Esos contrastes sutiles aportan movimiento y hacen que la mesa se vea viva, actual y con personalidad.
Pero son los detalles los que realmente dan carácter: un pan de pascua bien presentado, un árbol de galletas, dulces en frascos de vidrio o una vajilla con algún toque especial. Me encantan los frascos transparentes llenos de galletas o dulces, porque evocan lo hogareño y lo tradicional, pero al mismo tiempo aportan textura, color y una calidez que se siente familiar.
Y aquí llegamos a lo esencial: somos nosotros quienes creamos las tradiciones del futuro. La manera en que armamos nuestras mesas puede marcar un antes y un después, porque construye recuerdos, genera rituales y deja una huella que puede acompañar a las próximas generaciones. Cada elección —una flor, un mantel, un color— puede convertirse en parte de la memoria emocional de nuestra familia.
Esta es una invitación a atreverse este fin de año: a ser creativos, mezclar, explorar, jugar y darle valor a cada detalle. Porque las mesas no son solo un complemento: son el corazón de nuestras celebraciones, un espacio para crear experiencias y, sobre todo, para dejar huella.
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