COLUMNISTAS

EL REGALO DE UN CORAZÓN HUMANO

POR FERNANDA HANSEN

09 de enero de 2026

Nos enseñaron por sobre todo a pensar. Sentir parecía territorio de los sensibles o incluso de los débiles. Crecimos escuchando “no llores”, “no te enojes”, “no exageres”, como si la emoción, sobre todo esas que algunos nombran como negativas, fuera un error del sistema. Aprendimos a temerle al temblor del pecho, a esconder el nudo en la garganta, a silenciar la rabia, la pena y hasta la ternura, cuando el juicio decide que algo o alguien no la merece.

Pero ¿qué pasaría si miráramos lo que somos capaces de sentir —aquí y ahora— como el mayor regalo de esta vida?

Tener un corazón humano, este espacio frágil y valiente que late al centro del pecho, es un privilegio que olvidamos con frecuencia. Nos maravilla cuando se ensancha con la alegría, pero nos asusta cuando tiembla, arde, se contrae o se rompe. Sin embargo, nada de eso es una equivocación: es la evidencia de su inmensidad. Sentir, aunque duela, no es señal de falla; es señal de vida.

En una cultura enamorada del éxito, la velocidad, el control y de la felicidad como meta y estado permanente, valorar un corazón sensible es también un acto revolucionario.

Cada experiencia sentida es sabiduría pura: La expansión de un abrazo. El respiro que calma. Las lágrimas que aflojan. La risa inesperada. La rabia que marca un límite. La tristeza que muestra que amamos. Son señales de que algo en nosotros está despierto.

El corazón no es un órgano poético que solo bombea sangre, sino uno que otorga sentido; el que nos regala esas razones que la razón no entiende. 

El asombro de sentir es lo que nos recuerda que estamos aquí.

Vero Guzmán, profesora sabia y querida decía: “La vida no es esto o lo otro, sino ´esto Y lo otro”: alegría y pérdida, luz y sombra, amor y fragilidad, valentía y vulnerabilidad, día y noche. En el budismo se dice: el dolor es inevitable; el sufrimiento es opcional. Y la diferencia entre uno y otro nace de cómo nos relacionamos con lo que sentimos. El corazón puede sostenerlo todo; la mente, cuando se resiste o se apega, es quien agrega sufrimiento.

Cultivar el corazón es permitir que su bondad nos moldee, que su capacidad de amar nos despierte y que su ternura cuide y nutra. Es elegir abrir el pecho cuando la inclinación es cerrarlo. Es acoger la emoción cuando la prisa invita a ignorarla. Es reconocer que el mayor regalo no está en lo que conseguimos, sino en la posibilidad de sentir profundamente la vida tal como es, con la ternura del corazón. 

El regalo está ahí: en volver a nosotros mismos y ofrecer presencia al mundo.

Esa es la práctica: no volvernos invulnerables, sino más capaces de sostenerlo todo. Con un corazón amplio para sentir sin perdernos. Un corazón permeable que duele a veces, sí, pero también se abre, aprende, ofrece y transforma.

Por eso, quizás el gesto más sagrado es este: volver, poner la mano sobre el pecho y recordar que aquí, justo aquí, vive nuestra mayor fortuna. En este corazón humano de infinito espacio para abrazarlo todo. Capaz de asombrarse por el simple hecho de seguir latiendo en esta vida; recordándonos que su cualidad más profunda —el amor— es, como decía Humberto Maturana, la única emoción capaz de ampliar nuestra inteligencia.

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