MUJERES QUE BRILLAN

LA FORMACIÓN ARTÍSTICA COMO BASE DE LA VIDA

POR MARÍA JOSÉ PEREIRA

17 de febrero de 2026

Hoy es una de las figuras más influyentes del mundo cultural chileno. Su liderazgo se ha construido desde la convicción, la sensibilidad y una comprensión profunda del arte como motor de transformación. Pero su historia comenzó mucho antes de ocupar espacios de poder: en la infancia, cuando una imagen inesperada —El Lago de los Cisnes proyectado en un televisor— despertó una emoción decisiva y marcó el inicio de una vocación que nunca se apagaría.

Antes de convertirse en la primera mujer en dirigir el Teatro Municipal de Santiago en más de 160 años de historia, Carmen Gloria Larenas fue una niña capaz de reconocer aquello que la conmovía y de seguir ese llamado con constancia y respeto por los procesos. Ese modo de avanzar, atento y riguroso, fue delineando una trayectoria sólida que la llevó, en octubre de 2019, a asumir la dirección general del principal escenario de ópera, ballet y música clásica del país. Su recorrido no solo habla de logros profesionales, sino de una forma de liderazgo fundada en el trabajo bien hecho y en la convicción de que el arte puede transformar a las personas y a las comunidades.

LA FORMACIÓN ARTÍSTICA COMO BASE DE VIDA

Si miras hacia atrás, ¿qué aprendizaje dejó esa primera formación tan exigente?

Muchas personas creen que estudiar artes implica necesariamente querer ser profesional, pero cuando uno es joven eso no siempre está claro. Más allá de ese destino, la formación artística aporta profundamente al carácter.

Para mí ha sido esencial la disciplina que me inculcó la danza: la tolerancia a la frustración, el trabajo en equipo, asumir responsabilidades y entender que a veces toca estar adelante y otras atrás. Son aprendizajes que acompañan tanto la vida profesional como personal.

El arte enseña a relacionarse sanamente con la exigencia y el fracaso, y a comprender que las cosas tienen su tiempo. Los proyectos consistentes no son inmediatos, y eso también es parte del aprendizaje.

En un momento clave decidiste dejar la danza y estudiar periodismo. ¿Qué gatilló esa decisión?

Lo gatilló el hecho de que empecé a vivir la rutina diaria del ballet con más dificultad. Siempre había sido muy feliz; nunca quería tomarme vacaciones. Pero algo empezó a cambiar y sentí que, para respetar y seguir amando eso que tanto quise, tenía que dar un paso al costado.

Fue un proceso muy complejo, lento y frustrante. Me demoré seis meses en tomar la decisión. Cuando finalmente lo hice, tampoco estaba feliz; tenía mucha incertidumbre. Toda mi vida, desde los cinco años, había estado ligada a la danza. Cambiar de rumbo a los veintitantos fue muy difícil.

Entrar a estudiar periodismo en la Universidad Andrés Bello no me hizo feliz de inmediato, pero al tercer año sentí que estaba instalada, que podía aportar. Ejercí el periodismo con gusto y, con el tiempo, volví al Teatro Municipal como jefa de prensa. Ese regreso fue muy sanador, porque yo me había ido sintiéndome fracasada, y después entendí que no lo era.

Para Carmen Gloria Larenas, la danza no fue solo una disciplina artística, sino una verdadera escuela de vida. “Entender que los roles visibles y los silenciosos son igual de importantes” marcó una forma de mirar el trabajo, los equipos y el liderazgo. Esa mirada amplia, entrenada desde el cuerpo y la observación constante, fue la base sobre la cual comenzó a construir una segunda etapa profesional, esta vez fuera del escenario, pero igual de exigente y decisiva.

Siempre sentí que era importante ser un ejemplo para nuevas generaciones de mujeres. Ha sido un desafío inmenso, especialmente por el contexto en que asumí, pero no cambiaría nada. Hoy el teatro está sano, con públicos diversos y una valoración positiva, y eso me llena de orgullo.

El contexto fue complejo, el 2019 fue complicado para el país. ¿Qué fue lo más difícil de ese inicio?

Yo creo que mantener una cierta neutralidad y la calma frente a toda la complejidad que se venía encima. No jugar a tratar de descifrar lo que iba a pasar después para no hacer ficción y, en el día a día, estar firmes, todos juntos, como un cuerpo compacto, tratando de leer bien todo lo que iba pasando. Fue claramente muy difícil para todo el mundo, para el país; fueron tiempos muy complejos.

Si hablamos de los costos del éxito, ¿cuáles han sido?

El principal costo es el tiempo con la familia. Siempre hay culpa, especialmente como mujer y madre. Tratar de equilibrar la vida personal y profesional es un desafío permanente.

¿Qué es el éxito hoy para ti?

Hacer algo que te apasione y te dé propósito. La coherencia entre lo que haces y lo que te mueve.

¿Qué te gustaría que se dijera de tu gestión en el futuro?

Siempre he dicho que me encanta la historia, estar en los libros ya me hace feliz…que se recuerde que fui la primera mujer y que fue un período estable, fructífero y humano, con preocupación real por las personas, eso, me haría muy feliz.

¿Qué consejo darías a niñas que sueñan con una carrera exigente?

Que se preparen bien, que sean curiosas y que pavimenten su camino con dedicación y pasión. El lugar al que lleguen será el correcto si el camino está bien recorrido.

Atrévete Woman invita a atrevernos. ¿Fue eso clave para ti?

Atreverme a dejar lugares cómodos cuando sentí que ya había dado lo mejor de mí fue fundamental. Tener actitud, honestidad y valentía para avanzar, me hizo más fuerte.

Mirar hacia adelante, para Carmen Gloria, también implica aceptar la incomodidad que producen los cambios. ”Ampliar los públicos y abrir el arte a más personas no siempre es fácil ni bien recibido”, y ella lo asume con claridad cuando reconoce que ese camino genera críticas y molestia en algún público. Aun así, su convicción es profunda y no retrocede: “El arte no sirve para nada y sirve para todo, porque transforma, conmueve y abre posibilidades”. Con esa misma mirada, adelanta que este 2026 el Teatro Municipal tendrá “una cartelera diversa y experiencias transformadoras”. Su liderazgo recuerda que atreverse no siempre es cómodo, pero sí necesario. Atreverse a conocer, a sentir y a creer en el arte como motor de cambio es, también, una invitación abierta a seguir su ejemplo.

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