MODA
LA EDAD Y LA MODA: LA REGLA QUE NUNCA DEBIÓ EXISTIR
POR ARACELLY ARRIAZA
18 de agosto de 2026
Hubo un tiempo —y para muchas todavía lo hay— en que la ropa venía con fecha de vencimiento. Nos lo enseñaron sin que nadie lo dijera explícitamente: esa falda ya no, ese escote tampoco, y a partir de cierta década, mejor optar por colores discretos y siluetas que no llamen demasiado la atención. Como si cumplir años fuera sinónimo de ir apagando el clóset poco a poco.
Nadie recuerda bien quién escribió esas reglas. Pero todas, en algún momento, las hemos escuchado: “eso ya no es para ti”, “a tu edad deberías vestirte más elegante”, “esa tendencia es de chicas jóvenes”. Frases dichas casi al pasar, sin mala intención muchas veces, que sin embargo se van instalando hasta convencernos de que la edad reduce las posibilidades frente al espejo, en lugar de ampliarlas.
Durante décadas asociamos la juventud con la experimentación —los colores intensos, las prendas cortas, el riesgo— y la adultez con la sobriedad, como si crecer significara automáticamente volverse más cautelosa. Pero esa lógica cada vez tiene menos sustento. Hoy una mujer de 25, de 45 o de 70 puede llevar jeans rotos, una minifalda, lentejuelas o un traje sastre impecable, y la diferencia no está en la prenda que eligió, sino en la seguridad con la que decidió ponérsela.
Quizás por eso la pregunta que deberíamos hacernos frente al clóset ya no es “¿puedo usar esto a mi edad?”, sino algo mucho más simple y también más difícil: ¿me gusta cómo me siento cuando lo llevo puesto?
Porque ninguna prenda tiene fecha de nacimiento. Una minifalda no es propiedad exclusiva de los veinte años, un blazer no se vuelve aburrido después de los cuarenta, y las zapatillas no desaparecen del armario por decreto cuando llega una edad determinada. Lo que sí cambia con el tiempo —y está bien que cambie— es nuestra relación con la ropa. Hay quienes con los años dejan de perseguir tendencias y descubren el placer de invertir en una buena chaqueta que dure. Y hay quienes hacen exactamente el camino inverso: después de años vistiendo “como corresponde”, finalmente se atreven con el color que siempre quisieron usar y nunca se permitieron. Ambos caminos son válidos. Ninguno es más maduro que el otro.
La edad puede cambiar nuestras necesidades —el calce, la comodidad, las prioridades—, pero no debería decidir nuestra identidad. Tal vez el verdadero ejercicio de estilo no es preguntarnos qué nos favorece, sino qué queremos comunicar cuando nos vestimos. ¿Comodidad? ¿Elegancia? ¿Sensualidad? ¿Poder? ¿Diversión? La ropa puede sostener todas esas versiones de nosotras a la vez, sin pedirnos que elijamos una sola y nos quedemos ahí para siempre.
Y si de reglas se trata, tal vez la más honesta sea esta: no hay ninguna. Eso no significa que todas debamos usarlo todo —si una mujer no se siente cómoda con una minifalda, no tiene por qué ponérsela nunca—, sino que quien decide llevarla a los 50 tampoco debería tener que justificarse. La libertad, al final, está ahí: en la posibilidad de elegir sin pedir permiso.
Las tendencias van y vienen, eso no ha cambiado nunca. Lo que sí puede cambiar es cómo nos relacionamos con ellas: como una herramienta que acompaña cada etapa de la vida, no como un mandato que hay que abandonar cuando el calendario lo indique. Cumplir años no debería significar vestir cada vez más “apropiadamente”. Debería significar tener cada vez más claro quién eres y qué quieres ponerte para demostrarlo.
Porque frente al espejo, la pregunta que realmente importa nunca fue si una prenda es demasiado joven o demasiado atrevida para nuestra edad. Es mucho más simple que eso: ¿me gusta? ¿me representa? ¿me siento bien con ella puesta? Si la respuesta es sí, probablemente ya tengamos todo lo necesario para romper una regla que, en el fondo, nunca debió existir.