COLUMNISTAS
LA GENERACIÓN AGOTADA
POR MACARENA VENEGAS TASSARA
26 de junio de 2026
Nunca habíamos tenido tantas herramientas para facilitar el trabajo y, sin embargo, nunca habíamos estado tan cansados. La hiper conectividad nos tiene respondiendo correos a medianoche, asistiendo a reuniones interminables, o en jornadas que no terminan cuando salimos de la oficina porque continúan en el celular; y a trabajadores que, aun estando físicamente presentes, sienten que emocionalmente ya no están ahí.
El problema es que normalizamos el agotamiento con frases como: “es parte del trabajo”, “hay que aguantar”, “todos estamos estresados”.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoce el “burnout” o síndrome de desgaste profesional como un fenómeno ocupacional derivado del estrés laboral crónico que no ha sido gestionado con éxito, generalmente en un entorno laboral poco saludable.
En Chile, durante mucho tiempo, la salud laboral se concentró principalmente en proteger el cuerpo de los accidentes, las lesiones físicas y las enfermedades profesionales visibles. Sin embargo, sabemos que la salud mental es fundamental para el bienestar íntegro de las personas, y la mente se sana en silencio.
Nuestro ordenamiento jurídico ha comenzado a avanzar. El Código del Trabajo impone al empleador el deber de protección respecto de sus trabajadores, y hoy existe mayor conciencia sobre los riesgos psicosociales en el trabajo, por lo que normas recientes, como la Ley Karin del año 2024, han puesto atención sobre ambientes laborales hostiles, violencia y acoso.
No obstante, seguimos teniendo culturas laborales que premian la hiper disponibilidad; personas que sienten culpa por desconectarse; trabajadores que consideran un fracaso pedir ayuda; y empresas que aún miran la salud mental como un beneficio accesorio y no como una obligación estratégica.
Quizás la gran pregunta jurídica y humana que debemos hacernos es: ¿Hasta dónde puede llegar una relación laboral antes de vulnerar la integridad psíquica de una persona?
Entonces, la discusión sobre salud mental laboral no puede limitarse únicamente al acoso o a ambientes hostiles, sino que exige revisar la forma en que organizamos el trabajo. En esa línea, la Ley N.º 21.561, conocida como Ley de las 40 Horas, representa un avance importante. Su implementación progresiva ya dio un nuevo paso este año, reduciendo la jornada laboral de 44 a 42 horas semanales, con la meta de alcanzar las 40 horas en 2028. La reforma busca promover una mejor conciliación entre vida laboral y personal, entendiendo que el tiempo también es una forma de bienestar.
Pero la pregunta sigue abierta: ¿Es suficiente reducir la jornada laboral si mantenemos una cultura que premia la hiper conectividad, la disponibilidad permanente y la productividad a cualquier costo? Porque una persona puede trabajar menos horas en el papel y, aun así, seguir emocionalmente conectada las 24 horas al trabajo.
Chile aún no posee una regulación expresa del derecho a la desconexión para todos los trabajadores, pues existe principalmente en el contexto del teletrabajo, lo que abre una discusión futura sobre si debiese transformarse en una garantía laboral más amplia.
También existen discusiones legislativas que, aunque no nacieron específicamente para abordar el “burnout”, pueden influir directamente en la salud mental de los trabajadores. El proyecto de Sala Cuna Universal es un ejemplo. Tradicionalmente se ha entendido como una herramienta para facilitar el acceso de la mujer al trabajo y reducir brechas de género. Sin embargo, la conversación podría ser más profunda: el cuidado, la conciliación familiar y la corresponsabilidad también impactan el bienestar emocional. Difícilmente, podremos hablar de salud mental laboral mientras millones de personas -principalmente mujeres-continúen enfrentando dobles y triples jornadas entre el trabajo remunerado y el trabajo invisible del hogar.
La salud mental laboral se construye con una cultura y un sistema legal que comprendan que detrás de cada trabajador hay una persona.
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POR EQUIPO ATRÉVETE WOMAN